La Habana febrero 2: Desde el lunes 25 de enero la Casa Sacerdotal San Juan María Vianney acoge a los sacerdotes diocesanos y religiosos de las diócesis cubanas que participan en la tercera y cuarta tanda de los ejercicios espirituales que cada año se organizan en diversas partes del país. Las dos primeras sesiones de retiros se desarrollaron en Camagüey y Santiago de Cuba.
En esta ocasión vino a predicar el retiro anual el P. Luís González-Quevedo, sacerdote jesuita nacido en Llanes (Asturias, España) el 6 de abril de 1939. Sus dos abuelos vinieron a Cuba cuando eran adolescentes, trabajaron en comercio y regresaron a España. Su madre nació en la Habana y una prima de su madre, Rosita Peláez, trabajó muchos años como catequista en la diócesis de Pinar del Río.
Fue ordenado sacerdote el 22 de diciembre de 1971 y actualmente desarrolla su ministerio en la Arquidiócesis de Campinas, Sao Paolo, Brasil.
R.L.P: ¿Cuál es la importancia de estos Ejercicios Espirituales para sacerdotes en un país de misión?
R/ Los Ejercicios Espirituales son siempre un momento importante en la vida del sacerdote católico. Este año adquieren todavía mayor importancia, porque el Papa ha convocado un “Año Sacerdotal” dedicado a la renovación espiritual de los sacerdotes.
Los Ejercicios Espirituales para el clero de Cuba me parecen especialmente importantes, por causa del momento histórico particular que la Iglesia cubana está viviendo.
La oración y la acción en la vida del sacerdote, como en la vida de Jesús, deben estar indisolublemente unidas en una misma actitud de entrega total a Dios. Comentando el Año Sacerdotal, el Papa decía que “el sacerdote es un hombre entero del Señor”. Y siendo totalmente del Señor, es también por entero de los hombres. El sacerdote debe ser un hombre totalmente dedicado al servicio de los hombres.
R.L.P: ¿Cuáles son los temas o las líneas de reflexión que están presentes en este retiro que usted está predicando a los sacerdotes de la Iglesia en Cuba?
R/ Yo estoy siguiendo el método de San Ignacio de Loyola. Claro que, en la manera de explicarlo, hay siempre diferencias nacidas del estilo de cada predicador y de las necesidades de los diferentes públicos.
Sintetizado mucho, le puedo decir que comienzo hablando del amor de Dios. Existir significa ser amado por Dios. La mayor prueba que tengo de la existencia de Dios es mi propia existencia. Yo puedo olvidarme de Dios, puedo hasta negar su existencia, pero yo no existiría si El no me hubiese creado o si Dios no me sustentase con su amor. Mi vida, mi vocación, mi identidad y misión son fruto de su amor.
En segundo lugar, los Ejercicios tienen siempre un momento de examen o revisión de vida, donde examinamos como estamos viviendo nuestra vocación, “¿Es esto lo que Dios quiere de mi?” Ahí es inevitable descubrir que todos hemos fallado en algunos puntos: no hemos correspondido al amor de Dios como El merece ser amado; no hemos hecho todo el bien que podíamos haber hecho a los hermanos. Aquí hay la posibilidad de celebrar el sacramento de la penitencia (confesión).
Finalmente, miramos hacia el futuro: ¿cómo debo vivir a partir de hoy? ¿Cómo quiere el Señor que yo viva de ahora en adelante? Para esto ayuda mucho la contemplación de la vida de Jesús: ¿Cómo vivió Jesús en sus circunstancias históricas? ¿Y cómo viviría hoy, si estuviese en mis circunstancias? Así es como debo vivir yo. Terminamos redactando un pequeño proyecto de vida, que queremos ejecutar durante el resto del año.
R.L.P: ¿Cuáles cree usted deben ser los rasgos que distinguen al sacerdocio católico y que lo diferencian del sacerdocio del Antiguo Testamento o del pastor de una iglesia o congregación no católica?
R/ Le daré sólo dos rasgos fundamentales:
a) El sacerdote católico debe distinguirse por un amor personal a Nuestro Señor Jesucristo. Si no vive un sincero amor a Jesús, el cura se vuelve un mero profesional, un funcionario de lo sagrado, que aprende su lección y la comunica al pueblo de una manera racional, fría, que no atrae ni convierte a nadie, porque no ha pasado por el corazón.
b) En segundo lugar, el sacerdote católico tiene que tener una gran caridad pastoral, esto es, amar al pueblo, a los hermanos que Dios le confía, preocuparse por ellos: anunciarles el Evangelio, celebrar la Eucaristía con ellos y para ellos, absolverlos de sus pecados, rezar por ellos y atenderlos en todas sus necesidades y aflicciones. De manera especial, el sacerdote debe preocuparse por los más pobres, los enfermos, los niños y los ancianos, los pecadores, los alejados de la Iglesia.
El sacerdocio en el Antiguo Testamento era muy diferente. Desde nuestra fe cristiana lo vemos como una preparación o una figura de lo Jesús instituiría después. Desde el año 70 d.C., en que fue destruido el Templo de Jerusalén, ya no existe más el sacerdocio del Antiguo Testamento.
En cuanto al oficio de pastor en una iglesia o denominación cristiana no católica, tiene algunos elementos comunes al sacerdocio católico, pero hay una diferencia esencial. Para los protestantes, el pastor no recibe un nuevo sacramento. Ellos sólo reconocen dos sacramentos (Bautismo y Eucaristía). Para nosotros, católicos, el sacerdote recibe un nuevo sacramento (el Sacramento del Orden), que imprime carácter, esto es, lo marca para toda la vida.
R.L.P: Nuestros sacerdotes están llamados a ser “alter Christus” (otro Cristo). ¿Qué valores deben encarnar para que nuestros fieles y el pueblo en general los reconozcan como pastores y no como meros funcionarios de una institución?
R/ Si, objetivamente, el sacerdote católico, en el desempeño de su ministerio, actúa “in persona Christi” (esto es: representando a Cristo). Por tanto, su actitud personal, subjetiva, deberá estar de acuerdo con esta misión. San Pablo lo dice muy claramente: “Que todos vean en nosotros los ministros de Cristo y los administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4,1). Y añade que lo que se espera de los ministros y administradores es que sean fieles. Es el tema del Año Sacerdotal: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”. En síntesis, nuestros sacerdotes tienen que identificarse, cada vez más, con Cristo, el Buen Pastor. Sólo esta progresiva identificación garantizará la fidelidad y la fecundidad de su misión sacerdotal.
Cuanto a la diferencia que hay entre un verdadero pastor y un funcionario, vea mi respuesta a la pregunta anterior (letra a).
Muchas gracias por permitirme entrar en contacto con el querido pueblo cubano